01/03/08 Texto introductorio al trabajo de LG por Adrián Morales
El Cuerpo es un Campo de Batalla.
Texto introductorio a la obra fotográfica de Leandro García.

…La luz y la sombra se unen y complementan,
la luz no disminuye la tiniebla, en cambio la incrementa (…)
Fotografiar es saber contener la respiración cuando
todos los sentidos convergen antes una realidad fugaz…
Henri Cartier-Bresson.

Conozco a Leandro prácticamente desde que nació y relacionarme con su trabajo hoy, después de tantos años, significa para mí no sólo un aliciente estético, sino el modo de corresponder con gratitud a confirmar lo que un día fue echado como suerte, quiniela o ruleta rusa: y fue dedicarse con esfuerzo, pero sobre todo con talento a este oficio de la belleza en cualquiera de sus formas (incluso adopte esta, semblanza de fealdad) que ahora nos concierne y concilia, dígase artes visuales.

La fotografía de este joven debutante sorprende a primera vista, luego incita, evoca. Y son esos cuerpos, los suyos, los que escoge en retiniano empeño, su voluntad de trascender lo meramente físico y hallar más allá o más acá de las formas, un esplendor siquiera en la mirada, una esculturalidad de la luz, que con certeza dibuja tras el lente, la experiencia y lo que es mejor, el hábil enfoque.

Leandro aborda con soltura el retrato, pero no la mera reproducción de una identidad cualquiera, (nunca es cualquiera) sino un perfil psicológico, reforzado con el modo en que titula y cartografía los psiquismos de los personajes… figuras que no son sólo cuerpos, maniquíes; sino expresiones de un deseo, una proyección de lo mental externado o exteriorizado en muchas pieles, pluralidad de mascaras y tensiones representativas. Para él, su batalla es la luz, (el cuerpo) el rayo que se posa alcanzando dimensión metafórica, una poiesis compleja de relaciones texturales, caros-obscuros de una fotografía directa y sin trucos… que a lo sumo recorta inteligente, hasta reforzar del discurso de lo que quiere.

Todavía es fácil hallar en él, la semblanza de sus maestros, antecedentes quizás donde su curiosa mirada se posó a escrutar referencias… y no son palabras mayores pensar en Humberto Rivas, Javier Vallhonrat, Ralph Gibson, Robert Mapplethorpe, cuyo esplendor y miserias del cuerpo expuesto incentivó su intelecto curioso. Quedará mucho por andar, y perfeccionar con trabajo, profesión y estilo, y lo que tenga que ser, será... pero ahora y aquí, Leandro tiene cosas que decir y eclosionan con fuerza en su interior, un interior donde ya cabe suficiente vivencia y complejidad, para expresar en estas imágenes una realidad (la suya) que en cada alusión o recodo encuentra su extremada poética.

Y son estas obras de un feminismo relativamente explícito, lo que algún teórico milenarista denominó disolución de géneros, como metáfora del cambio de siglo y el advenimiento de nuevos tiempos. Leandro nos deja traslucir su punto de vista, que capta el conflicto conceptual de su idea, sobre las relaciones… y casi siempre la mujer se muestra idealmente más propositora en cada composición, incluso reivindicativa de una emancipación, (llámanosle expansión) que tibiamente se demora… Todavía no son tiempos de igualdad, pese a los cantos de sirenas y estos como utopía, no alcanzan a ser más que un anhelo explicito, un campo de batalla, (la suya es el arte) luego la política, la sociedad, la cultura, la supervivencia. Una fuerza cuya gravitación circunda la construcción de una idea… El arte, la fotografía para él significó el modo de ser un hombre mejor, un ser sensible, culto y más completo, en este (individual) destino que es la vida, como acto único de abrir los ojos, despertar y gozar de una consciencia cada vez más lista, más delicada, más fina, más íntegra. Entendiendo como integridad, la belleza del respeto con que su mirada trata a sus modelos… que no son más que sus propias proyecciones mentales haciéndose real en medio de las sombras… allá donde los relámpagos nos alcanzan centellando la inspiración como una antorcha.

Y -¡hágase la luz!-, grita su cámara (entiéndase igualmente la sombra, sin que haya moral en ello) -hágase la linterna mágica-, diría Ingmar Bergman, o el Zohar acariciador del intermitente flash; -hágase destello en medio de la luna donde estos cuerpos sin prisa se acomodan, confiesan, sufren, gozan, concilian, aman y se traicionan, esperan, y perduran-.

Tras esto blancos, negros y grises, tras el color torneado del papel revelado(r), la vida alcanza su expresión en el cuerpo (con o sin deseo) ideado, ideográfiado, comprendido y sentido. Epicentro simbólico de todas las pandemias de la carne y del alma, pero por igual vórtice endémico de aquellos conflictos (también domésticos) que trascienden como erráticas, averías y fracturas; bendiciones encubiertas que disfraza tras un mal (que no es o es) sólo en apariencia pero que exige su soma transustanciante y enriquecedor.
Crecer es eso, aprender de la diferencia, de la batalla, del avatar, es decir: una inteligencia de los fenómenos negativos, la madurez es dolor bien gestionado. Leandro lo sabe y nos hace participes a través de sus imágenes, de esa lectura que estratégicamente nos implica en el (su) conflicto de/para cada obra. Recuerdo a Man Ray cuando anuncia: fotografío lo que no quiero pintar, las cosas con existencia propia. Son sujetos con consciencia propia de sí mismos, una prolongación de la manera de ver del que mira y ambos conformando esa dualidad en el arma, la instrumentalidad, la (tele)escópica, donde el actante se vuelve sustancia de cambio de lo que juzga notable.

AdriáNomada.
http://www.adrianomada.com/